Así gobierna la derecha

El gobierno de Trump, en los Estados Unidos, impuso el mayor ajuste fiscal de las últimas décadas, por cierto en favor de las grandes corporaciones y los grupos de mayores ingresos del país. La rebaja de impuestos de 35 a 21 puntos genera un aumento del déficit en 1,5 billón de dólares que se justifica con el viejo argumento que inducirá la creación de más empleos. Es el asalto al Estado para deshacer el gasto social.

De este modo, se revela la auténtica voluntad política del gobernante que ofreció el regreso “a la grandeza” de la principal potencia del capitalismo contemporáneo; dicha “grandeza” entendida sino como que los ricos lo sean cada vez y que sea la actividad económica que generen con su afán de ganancias el factor que satisfaga, en forma “subsidiaria”, por derivación o “chorreo”, los requerimientos o demandas de los sectores sociales subordinados o dependientes.

En consecuencia, ese gobierno de la derecha no apunta hacia el compromiso social, el que obliga a un esfuerzo para crecer con armonía, con equilibrio y justo balance de los intereses que se expresan en las profundidades de la sociedad. Los ideólogos del orden conservador no conciben sus objetivos de esa forma.

Por el contrario, el gobierno de la derecha obedece a una orientación y un proyecto de sociedad cuya meta es dar satisfacción a los que tienen más en desmedro de los que tienen menos. Es la fiesta de los más ricos, piensan que si están bien “los de arriba” también algo llegará a “los de abajo”. Así duermen tranquilos.

Para hacerlo no les temblará la mano y, en caso necesario, recurrirán al uso de la fuerza del Estado para cumplir con sus propósitos.

Este es el ABC que sabe y conoce un dirigente laboral, pero que por desgracia no se transmite ni nutre adecuadamente la formación cívica de las nuevas generaciones, en cuyas filas pasó a ser mayoritaria la idea que da lo mismo quien gobierne, apoyando un mejor look, una más ancha sonrisa o un traje más fino.

Ante ello, no se trata de denostar al mundo popular por la opción electoral que asumen las multitudes en un momento dado. Descalificar a la gente por su nivel cultural o el teñido del pelo es una soberbia tan inaceptable como rechazar a las personas por su país de procedencia.

Pero, si se trata de reevaluar de forma crítica la acción de pedagogía social que ha hecho la izquierda, la que adolece de gravísimas carencias, entre ellas, el desprecio a la lucha de las generaciones anteriores, la que ha pasado a ser despreciada por “reformista”, incentivándose la falsa creencia que bastan un par de consignas, “golpeadoras”, para que se esclarezca en la conciencia de millones de personas lo que es mejor para ellas y el país.

El domingo pasado la derecha gano las elecciones presidenciales, no hay que llorar sobre la leche derramada, pero sí es hora de levantar la voz ante el ciego mesianismo de tantos recién llegados a la lucha social, los que desprecian a los Partidos históricos de la izquierda y que al creer que se las saben todas, sin pensar en las consecuencias, con un discurso grandilocuente, fundado en el espejismo de las encuestas, han impulsado objetivos inalcanzables, generando sectarismo y menoscabo hacia la diversidad de fuerzas de izquierda y centroizquierda que logró rehacer la democracia en Chile.

Asimismo, las personas que se cansaron de bregar por una sociedad mejor y que desean el cómodo regazo del nuevo poder deben cruzar el umbral del hogar que ya no quieren y seguir su propia ruta, ojalá con una última cuota de sinceridad, es decir, sin intentar mostrar cómo heroico lo que es una simple renuncia.

Es hora de pensar más, prepararse más y no creer que con una simple receta de arrogancia verbal se tiene la verdad absoluta.

No es así, ahora que ya se perdió, hay que partir por frenar la intolerancia, evitar la dispersión y reponer la unidad que permitió derrotar a la derecha tantas veces. Hay que aprender la lección.