Democracia es decidir con el voto

En nuestro país, los Presidentes de la República recibían su mandato en elecciones universales, directas y secretas, juraban y asumían como Jefe de Estado un 3 de Noviembre, a 90 días de los comicios realizados el 4 de Septiembre, cada 6 años, tiempo que duraba el periodo presidencial hasta 1970.

Hubo continuidad en este ejercicio republicano hasta el putsch militar del 11 de septiembre de 1973, luego Pinochet, en su afán refundacional de ultraderecha quiso borrar el pasado de estabilidad democrática anterior al golpe de Estado, implantando otra estructura institucional y terminando las fechas más simbólicas, de modo que ahora la memoria histórica es débil para realzar el significado de hechos, tan decisivos y recientes.

La consecuencia es lamentable, hay ignorancia o desprecio hacia la historia del país y se han omitido en el debate y, por tanto, en el saber de las nuevas generaciones, sucesos tan decisivos como la conjura golpista que provocó el crimen del general René Schneider, Comandante en Jefe del Ejército, en octubre de 1970, por un comando terrorista de ultraderecha, como consecuencia de la irrestricta lealtad constitucional de dicha máxima autoridad castrense.

Asimismo, son pocos los que saben o recuerdan que en octubre de 1970, la Democracia Cristiana votó por Salvador Allende en el Congreso Pleno, instancia constitucional final para definir el nombramiento del Presidente de la República, en el caso que no hubiera mayoría absoluta en las urnas, ya que no había segunda vuelta. Así se hizo fracasar la conjura golpista de ese momento en contra de nuestra democracia. Aquella vez, el acuerdo entre el centro y la izquierda logró salvar la estabilidad institucional.

Aún más, no se conoce el conjunto de reformas constitucionales que, desde la derrota de Pinochet el 5 de octubre de 1988, han estado siendo colocadas, paso a paso, en la armazón del edificio constitucional que sostiene la democracia chilena.

Una débil perspectiva histórica, que minimiza lo que costó reinstalar un Estado de Derecho democrático, induce en muchos a la abstención, el restarse a ir y no participar, menoscabando con ello el valor del voto ciudadano en la definición del futuro de Chile.

Esta situación es lamentable, porque es muy difícil tener algo más valioso que la capacidad de nombrar a quien dirigirá el país en la Presidencia de la República, y también a quienes representarán a la ciudadanía en la toma de decisiones del Congreso Nacional, así como a los miembros de los Consejos Regionales.

El desencanto puede debilitar la voluntad soberana de la ciudadanía, pero por muchos que sean los errores cometidos en la política, o el deterioro que se genera con graves faltas a la ética y la probidad, el derecho a decidir es irrenunciable.

En consecuencia, negarse a votar es premiar a los corruptos, a los narcos, a sus contactos o encubridores. Esa es una actitud paradojal, un auto castigo por la conducta delincuencial de terceros.

No hay que caer en ese error tan evidente. En democracia la ciudadanía se ejerce en modo decisivo a través del voto. Estamos ante una hora clave para hacerlo.