El desafío de la segunda vuelta

Qué duda cabe que la definición de la elección presidencial en segunda vuelta, entre Alejandro Guillier y Sebastián Piñera, marcará el camino que seguirá Chile, incluso más allá del periodo de 4 años establecido en la Constitución para la Presidencia de la Republica.

Sin embargo, hay que precisar que aunque el resultado que se vislumbra sea estrecho, estamos ante un ejercicio democrático, totalmente legítimo de acuerdo a la realidad chilena de este periodo, sin riesgo de quiebre institucional ni amenazas de una fractura irreparable en la marcha del país. La libertad es plena para ir a votar y decidir quién será vencedor.

Es decir, no caben campañas del terror ni revivir añejas consignas de la guerra fría para justificarse. Sembrar el odio fue una etapa muy dolorosa para Chile. En particular, fundar una conducta personal o de grupo en el anticomunismo de los años 60-70, viene a ser un garrafal despropósito o una maniobra demasiado evidente.

Otra “apuesta” como extremar el lenguaje y recurrir a una retórica violenta, como la usada por Piñera el pasado martes 28 contra Guillier, tampoco logrará convencer a nadie, por el contrario, puede restarle voluntades por su desmedida beligerancia. Hay que fortalecer la estabilidad del país y no debilitarla.

Entonces hay que entrar a debatir en su contenido concreto hacia dónde se dirigirá el Estado, de acuerdo a la naturaleza política y el carácter programático de las opciones que se presentan a Chile, para ser capaces de avanzar respetando las diferencias.

Guillier se propone afianzar las reformas sociales y económicas en curso, su agenda plantea avanzar sin pausa en lo social y diversificar la matriz productiva en lo económico, pero sin abandonar la gradualidad que el propio proceso exige y que las condiciones y posibilidades del país le permitirán al futuro gobierno.

En la derecha, Piñera vive una clara inconsistencia programática al tener que buscar los heterogéneos y volátiles apoyos de los caudillos de derecha Ossandon y J. A. Kast. Lo que queda de sus ideas iniciales es retomar el crecimiento económico apoyándose en forma primordial en el mercado.

En la centroizquierda, Guillier tiene el gran desafío de unir las reformas y transformaciones que el país siente necesarias, incluyendo regionalizar y descentralizar el Estado, con la estabilidad institucional que la implementación de esos cambios requiere de manera indispensable.

Piñera, ha hecho concesiones discursivas en el tema de la gratuidad de la Educación Superior, pero pretende ignorar que intensificar el rol del mercado en desmedro de la seguridad social aumentará el peso de los grandes conglomerados y conlleva un nuevo crecimiento de la desigualdad en el país.

En el entorno de estas alternativas existen quienes extreman las opciones y crispan el debate, piensan que eso favorece a su respectiva candidatura; no es así, dividir el país solo entorpecerá las reformas, que requieren de una amplia mayoría social y política para ser aplicadas. No hay que cegarse en el día a día, Chile debe permanecer unido.

El dilema es por una parte, retroceder en solidaridad social para retomar un alto crecimiento económico según las intenciones del piñerismo, o realizar las reformas necesarias afianzando la estabilidad para progresar con justicia, como apunta la propuesta de Guillier.

En democracia, el voto ciudadano, libre, secreto e informado, será el factor decisivo de esta etapa que vive el país. Sin miedo, todos y todas. Sin caer en un falso dramatismo, pero sí con auténtica responsabilidad democrática y sentido nacional y patriótico. Por un Chile más justo.