El legado del Che

Hace 50 años, un 8 de octubre de 1967, en la sierra en Bolivia, fue  hecho prisionero y acribillado al día siguiente, Ernesto Che Guevara, revolucionario nacido en Argentina y de nacionalidad cubana, cuyo objetivo era un alzamiento de alcance continental que terminara el dominio de los Estados Unidos e hiciera realidad “una segunda y definitiva independencia” de los pueblos de América Latina.

La lucha y la estrategia del “Che”, como Ernesto Guevara fue conocido internacionalmente, conmovió las raíces de la izquierda, fue un llamado inapelable recogido por diversos militantes socialistas chilenos que, como Elmo Catalán, ofrendaron su vida en Bolivia por las ideas del Che.

Su ejemplo y su muerte fueron asumidos como expresión de una consecuencia esencial, así encarnó una conducta política sin dobleces ni cálculos menores. El Che se jugó el todo o nada y murió en su ley.

Por ello, calles y plazas se llenaron con la frase “el Che vive”, más aún miles de jóvenes siguieron su legado y se lanzaron a una brega desigual, ante el poderío militar de regímenes oprobiosos opusieron un arrojo inquebrantable, fue un compromiso indómito y definitivo.

El fundamento del foco guerrillero en Ñancahuazú era la idea que “un, dos, tres, Vietnam” lograrían disgregar las  fuerzas de intervención imperialista, debilitándolas y logrando su derrota a escala global; de allí que no había otra opción que no fuese un resuelto “internacionalismo”, atenerse a las fronteras nacionales sólo podía significar ir a una segura derrota.

La historia no siguió ese camino. El pueblo de Vietnam logró lo que parecía imposible, derrotar a los Estados Unidos y poner termino a la guerra de intervención, con el respaldo militar de la Unión Soviética y China, pero esencialmente con su irrenunciable decisión de hacer respetar su integridad territorial y asegurar el ejercicio de su independencia como nación.

El sistema conocido con el nombre del “socialismo real”, es decir, el bloque de países, cuyo centro de articulación estaba en la ex Unión Soviética dejó de existir. Ese enorme y poderoso Estado resistió la invasión nazi y salió primero que todos a la conquista del espacio, pero no pudo superar la ausencia de democracia.El proceso de reformas denominado como la Perestroika llegó tarde y no logró rectificar las deformaciones autoritarias del sistema de partido único, concluyendo así la primera experiencia de una revolución socialista en el mundo.

En China la revolución cultural de Mao, que definía al imperialismo como un “tigre de papel”, fue reemplazada por un nuevo diseño estratégico conocido como economía socialista de mercado que salvó a China de las penurias que vivía en los años 70, lo que permite a su gobierno criticar a Trump por “proteccionista” y plantearse como campeón del libre comercio a nivel internacional.

Al mismo tiempo, luego de siglos de dominación sobre continentes y países sucumbió el sistema colonial, formándose decenas de Estados independientes que eran parte de los territorios ocupados por las potencias colonizadoras de Occidente.

La globalización no terminó el factor nacional como un actor principal de la lucha política, los movimientos de capital pueden sacudir la economía mundial, pero la importancia de lo nacional se ha incrementado en un esfuerzo político que se proponga ser exitoso. Incluso más, hay un rebrote de nacionalismos de tipo regional, que cuestiona los Estados nacionales, obligándoles a transformaciones estructurales.

El heroísmo del Che lo exaltó como un líder indomable, pero el proceso histórico dio un viraje de alcance y dimensiones insospechadas para las proyecciones tácticas y estratégicas que hubo en los años 60, después del triunfo de la revolución cubana.

En esta época, los movimientos por los derechos humanos, la igualdad de la mujer, el respeto a la diversidad sexual, la sustentabilidad ambiental y el respeto a la naturaleza, lograron instalarse en el centro de la agenda global. Son potentes corrientes de pensamiento y opinión que cruzan continentes, naciones y regiones transversalmente.

Asimismo, los fundamentalismos y el integrismo islámico irrumpieron como si en ciertas áreas del orbe la humanidad volviera a sus primeras etapas formativas y se genera un poder dogmático, de corte teocrático de una crueldad ilimitada.

Al mismo tiempo, en las últimas décadas la migración del campo a la ciudad rehizo en forma definitiva el mapa económico y social del planeta. Baste decir que el campesinado que constituía el 90% de la población pasó a ser el 10% y el mundo urbano pasó a situarse como preponderante. Así también, el impacto tecnológico alcanzó grados insospechados.

La humanidad ha vivido una mutación colosal, poderosos movimientos culturales han estremecido el mundo, desde la música, la literatura y el cine, pero en la política los procesos nacionales son lo fundamental.

El Che denunció la explotación y  el consumismo enajenante de la sociedad occidental; asimismo, fue un crítico que con pasión intentó una alternativa a la burocratización del sistema socialista, por eso, formuló la idea del “hombre nuevo”, es decir, un nuevo tipo de sociedad que hiciera realidad el ideal marxiano que soñó con que “el libre desenvolvimiento de cada uno sea la condición del libre desenvolvimiento de todos”.

Ese ideal de humanización de las relaciones sociales y económicas ha perdurado a pesar del cambio de época vivido en el mundo, pero su realización ocurre en cada país, de acuerdo a su realidad nacional, la que no se puede desconocer ni ignorar con recetas que pretenden ser válidas para todo tiempo o lugar.

Se trata de una transformación cultural profunda que surgirá al calor del desarrollo social de las próximas décadas.

Allí en una civilización diversa, asociada, libre y fraterna estará la bandera del Che Guevara, un luchador que supo enfrentar la muerte siendo leal a los ideales que inspiraron su vida.