Se abrió un nuevo periodo histórico

Como ya es habitual en los apurados análisis que se instalan vía mediática, varios opinólogos han dado su dictamen y concluido que los partidos políticos son “los grandes culpables” de la derrota de Alejandro Guillier y, por tanto, de la victoria electoral de Sebastián Piñera.

De que a los partidos les cabe una responsabilidad no admite duda, pero hay más factores gravitantes que el desencanto con los partidos, y ello no sólo se refiere a que la gente se puso consumista y adoptó el individualismo neoliberal, como dicen algunos análisis.

Hay más circunstancias decisivas como el debilitamiento del tejido social en la base popular, cuyo efecto es el aumento del clientelismo y el apoliticismo en amplios sectores; los personalismos en las orgánicas partidistas, la débil unidad y los vacíos de conducción política que hubo en las fuerzas de la Nueva Mayoría.

Asimismo, pesaron las insuficiencias y vacilaciones programáticas en la candidatura de Guillier y una retórica errada, insinuando una candidatura mucho más a la izquierda de lo que efectivamente estaba, lo que se sumó a una artificial distancia hacia los partidos políticos que le sustentaban que debilitó la cohesión y el respaldo de estas fuerzas cuando había que bregar voto a voto por un buen resultado.

Es decir, no hay una causa única o marcadamente preponderante, son múltiples las razones que explican una derrota severa, de modo que es bueno evitar “la caza de brujas” bajo el nombre de “autocrítica” y no caer -como tantas veces – ocurre en el canibalismo político que busca culpables para saciar odios y rencores subalternos.

Pero no cabe duda que hay que entrar en un amplio debate que aborde con los inevitables márgenes de diferencia que habrá, donde están las causas que permiten por segunda vez en menos de diez años, a una derecha tan integrista y retrógrada como la que sustenta a Piñera, obtener la mayoría electoral que la vuelve a instalar en el poder.

Una razón decisiva fue pensar que Chile partía de cero, esa visión refundacional que disoció los cambios en curso del proceso iniciado por la derrota política e institucional de la dictadura en octubre de 1988. Esa mirada pasó por alto la realidad histórica del país, la que configura el telón de fondo, que advierte que el cambio social no es un juego y que la transformación progresista de nuestra sociedad es mucho más difícil hacerla que decirla.

En la práctica se tiende a olvidar que las anheladas reformas sociales y económicas, son necesariamente graduales y cubren un lapso de tiempo que choca con los apuros que están presente en  todo proceso social, en que actúan sectores significativos que lo quieren todo de inmediato y se cae en un inviable paternalismo estatal, que resulta ser infinanciable.

El apuro genera zozobra y los sectores medios que requieren seguridad toman distancia, el efecto político viene a desgastar el apoyo en el centro del escenario.

Se vive una paradojal coincidencia, por muy polares que sean los criterios, al final la piedra de tope es el Estado.

Las presiones corporativas se desatan y aparece una airada demanda al Estado como explicación milagrosa a muy dispares situaciones del diario vivir, hay quienes postulan que lo resuelva todo sin que tenga como hacerlo.

Así nace un “discurso” radicalizado que se tiñe de un exacerbado estatismo que le entrega a la derecha, en forma artificial, las banderas del libre emprendimiento y de la acción social autónoma.

Se creó un escenario complejo, las exigencias pasaron a ser todas urgentes. En ese clima, si no se avanza con prisa, forzando plazos y metas, algunos llegan a desconocer la voluntad transformadora que lleva el proceso de reformas, pero si se apuran los cambios, la improvisación provocara confusión y desorden, creando una imagen que a la postre entorpecerá la puesta en práctica de las anheladas reformas.

El ritmo justo es difícil de lograr. Hay tensiones en el centro y en el margen de la izquierda radical. La razón es simple: lo habitual será que haya más de una solución a los problemas que se deben resolver para avanzar.

Al comprobarse que no hay receta mágica y que la responsabilidad social y la disciplina política son factores fundamentales, los que desean todo de inmediato se desafectan y las tensiones en la base social disgregan, o al menos debilitan las fuerzas que apoyan las reformas.

Un justo equilibrio para atender demandas heterogéneas resulta difícil pero es posible; sin embargo, pasa a ser un problema grave cuando los diferentes actores comienzan a hablar “a la galería” a fin de ganar las simpatías de las fuerzas sociales de apoyo o para conseguir esquivos votos esenciales en los propósitos partidistas de los participantes. Los ataques dentro del bloque crecen, descontrolándose las relaciones políticas y la solidez del acuerdo entre el centro y la izquierda.

Por eso, la conducción política es la clave para el buen avance del proceso. Si llega a fallar, este no logrará seguir su camino. A lo largo de este periodo, no sólo en la campaña electoral, las fuerzas de la Nueva Mayoría en el gobierno, no lograron abrir un diálogo sereno pero a fondo, que les permitiera generar una auténtica estrategia política para la adecuada orientación del proceso de reformas.

Luego, una vez iniciada la etapa electoral, no hay que generar falsas amenazas, como la que dio lugar a la campaña conocida con el nombre de Chilezuela. La retórica demostró la falta de valoración estratégica que hubo sobre los desplazamientos del electorado en el centro del escenario, tal actitud fue fatal.

Quedó demostrado que son muchos los que pueden sentir el aguijón de ir y votar si sienten que lo poco que tienen puede verse afectado, por malas decisiones políticas o por dogmatismos estatistas. Nadie quiere perder lo poco (o mucho) que tiene.

En una campaña nacional de este tipo, tampoco se debe menospreciar la capacidad de adaptarse a las exigencias del escenario que tiene la derecha, en este caso, Piñera tomó simplemente como dato de la causa la necesidad de ceder en el tema de la gratuidad en la Educación Superior y lo hizo sin pudor, en una decisión mucho más trascendente que una mera concesión al senador Ossandón.

Se debe tomar nota que si la derecha ve necesaria una concesión como aquella, que le abre las puertas del poder no va a titubear en hacerla, y no reparará en complejos de ninguna especie, porque a diferencia de muchos dogmáticos de izquierda, que pelean por una coma o por una palabra en una declaración, o que se dedican estérilmente a denostar el periodo de la Concertación, en la derecha supieron distinguir qué es lo fundamental y lo subalterno.

Ahora bien, no hay que caer en la desesperación por pasar a la oposición, la alternancia en el poder está en la esencia de la democracia.

Hay que proyectarse, unir a todas las fuerzas sin soberbia y sin arrogancia, desde el centro a la izquierda, revalorar lo avanzado y madurar, vencer el desánimo y sentir orgullo por la democracia que es de todos, y crear un programa actualizado, para los desafíos de Chile en el siglo XXI.