Vencer a Piñera es una tarea posible

Diferentes analistas del escenario nacional, posterior a la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado domingo 19 de noviembre, han registrado una correlación de fuerzas que se repite desde el Plebiscito del 5 de octubre de 1988.

Se trata de una distribución del electorado expresado, por una parte, en opciones democráticas diversas de izquierda y centroizquierda que alcanzan un 55% de los sufragios y, por otra parte, de fuerzas de derecha y centro derecha que agrupan el otro 45% restante.

En el caso que el centro y la izquierda estén unidos son capaces de ganar con un alto grado de probabilidad; por el contrario, perderán si se encuentran escindidos o fracturados, como ocurrió el año 2009.

En otras palabras, por encima de cualquier consideración, el factor unidad resulta ser primordial. El efecto objetivo que provoca, así como su impacto catalizador y emocional llega a ser crucial.

No hay nada que pueda sustituir el acuerdo estratégico de las fuerzas que ven como su responsabilidad el abrir nuevos horizontes de justicia social y progreso a la mayoría del país, así como tampoco existe un mal mayor al mundo progresista que su división y disputa por el poder.

Entonces, las cuentas son claras, no hay como llamarse a engaño, quien quiera ayudar a la causa popular y derrotar el proyecto de regresión conservadora de Piñera no puede equivocarse, debe hacer cuanto esté a su alcance para lograr el nivel más alto de unidad en torno a la opción de Alejandro Guillier.

La idea de agudizar   las contradicciones sociales dejando ganar a la derecha desnaturaliza el sentido humanista más profundo del ethos de la izquierda.

Quien tenga como raciocinio que todas las opciones son lo mismo, es decir, “que valen hongo” usando un término de moda, podrá denostar la alternativa de Guillier, pero sin duda alguna colaborará al propósito de ávidos grupos de interés, refractarios a toda racionalidad en la acción de gobernar, salvo aquella que signifique fortalecer las fuerzas del mercado, obsesión dogmática de ese poderoso núcleo de poder dentro del país.

La evidencia está a la vista: Penta, SQM, Corpesca y tantos hechos que desnudaron la fusión de los “operadores” de la derecha política  con la intervención de los financistas del ámbito económico de ese sector.

La democracia es una sucesión de iniciativas y reformas que van creando las condiciones de su propio perfeccionamiento; se trata de una realidad institucional que afianza la estabilidad necesaria para generar nuevos avances en el desarrollo social de la nación chilena.

Ese es el proceso que Piñera quiere revertir y por lo que es necesario derrotarlo.

Ese es el sentido de la unidad que se requiere, mirar adelante sin ningún tipo de exclusiones u odiosidades.

La tarea es lograr que la democracia sea capaz de evolucionar para afianzar y mejorar en lo que corresponda las reformas más relevantes de esta etapa, como es la gratuidad en la educación superior, y así preservar una perspectiva de amplias mayorías nacionales para gobernar el país.